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Saint Tropez que ver y hacer

Saint-Tropez, esta villa donde según el director de cine Roger Vadim, Dios creó a la mujer, es también el lugar donde el hombre francés del siglo XX inventó las vacaciones y donde cada verano la élite internacional se da cita y se hace más sociable. Los marineros lo saben; y los iniciados también. Tanto si uno está de paso como si pretende quedarse a dormir, es necesario, metafóricamente hablando, saber dar rodeos, estar al tanto de los arrecifes y conocer donde están los puntos de anclaje. Saber cuáles son los locales, hacerse caer bien, dar la sensación de auténtico a todas esas gentes que siempre han sido genuinas, y que, digan lo que digan, siguen siendo los dueños de la casa. Por lo demás: que cada uno viva su vida y cada tribu sus horas.

Durante mucho tiempo, este enclave de la Costa Azul no fue más que una pequeña bahía salvaje donde se buscaba refugio para protegerse del mistral, el viento que sopla entre poniente y tramontana. Pero un día de octubre de 1600 los habitantes de la localidad vieron desembarcar a María de Médicis, la primera de una larga serie de altezas que deambularían por su malecón. Asombrados, los pescadores admiraron el ébano, el nácar, el marfil y el lapislázuli engastados en la popa del navío. Había llegado el lujo.

Para meterte en ambiente, vete al puerto. La primera oleada de gente se produce en las terrazas de los cafés a las 8.30 h; justo cuando los juerguistas y noctámbulos van a acostarse, los trabajadores se apresuran a cumplir con su labor, antes de que los turistas lo invadan todo, incluidos los empresarios franceses que se levantan temprano. Eddie Barclay, el gran patriarca de la música francesa, que eligió Saint-Tropez para su retiro y ayudó a ponertlo de moda, ya no está por aquí. También han desaparecido todos aquellos personajes del país que vivieron en sus establecimientos –La Brasserie des Arts, La Voile Rouge– tantos días de felicidad. Aquel mar donde uno podía darse siempre un chapuzón adelgaza cada vez más, amurallado por un horizonte de yates, cada año más grandes. Los capitanes de estos barcos son actualmente los grandes barones de la industria. Aquí anclan notables financieros, al igual que lo hace, por ejemplo, Giorgio Armani.

Las villas escondidas se cotizan ya a 100.000 € por mes y las caravanas del camping Kontiki, frente al mar, pagan más de 1.000 € por semana. Los rusos, con un alto poder adquisitivo – pero con débil comprensión de los usos y costumbres locales– invaden las tiendas de lujo. Sin embargo, los listos van siempre de pesca. Y la bahía sigue abrigando plantas que, para algunos, no existen en ningún otro rincón de Francia, tales como la escrofularia, que parece un erizo, las hojas de posidonia o la estáquide de las dunas. “El otro Saint-Tropez –como escribió Colette en 1932–, aquel que existirá siempre para los que se levantan al alba”, ése es inmortal.

Frente al mar

La playa de Les Jumeaux (los gemelos) es la preferida para el baño. Aquí verás dos esculturas verdaderamente sorprendentes que simbolizan el juego de la petanca. Son obra del escultor Enrico Navarra, a petición de André, artista del grafitti y animador de uno de los clubes en voga de París: Le Baron. Navarra ha cambiado toda la fisonomía del chiringuito de Les Jumeaux: vajilla, sombrillas, menú. Pero el lugar conserva también el encanto de sus propietarios, la familia Moreu. En la actualidad, todo está al cuidado de Alain, el dentista de las estrellas, y de Roselyne, que marca el tono en materia de decoración con la inspiración de la tienda que regenta en las Galeries Tropéziennes. A la playa de Les Jumeaux se llega por el acceso route de L’Epi.

La Cabane Bambou es el único establecimiento en el que puedes desayunar con los pies en la arena. Aquí tienen fama sus tartas de manzana y su pollo asado. Se accede por la route Bonne Terrasse. Coco Beach es la playa de los gays y de sus amigos y amigas. Y un lugar mítico: Le Club 55. Donde un cartel reza: “Aquí el cliente no es el rey… a no ser que sea rey”. Ambiente selecto para pesos pesados: Johnny Deep, George Clooney, Alberto de Mónaco acuden a las mesas de este establecimiento para paladear pescado fresco y frío, con una mayonesa especial de la casa. Tiene su acceso por boulevard Patch. En Nikki Beach, las camas balinesas rodean una piscina para vips. La firma de la casa –Eric Omorés– se ha establecido también en Marbella, Saint-Barth o Miami. Por aquí han desfilado Bono, Pamela Anderson, Bruce Willis, Ivanna Trump, Eva Longoria o el rapero Puff Daddy. Se accede por laroute de l’Epi. Finalmente, La Voile Rouge, donde las colchonetas miran al bar en vez de mirar a la playa. Y es que en el bar es donde pasa todo: estrellas y gente guapa.

Un final dulce

Fue un panadero polaco, Alexandre Micka, que desembarcó en Provenzasiguiendo las huellas de los soldados   norteamericanos en 1945, quien, inspirándose en una receta de su país, dio con este pastelito, mezcla sutil de crema pastelera, crema de mantequilla y brioche. Diez años más tarde, el equipo de rodaje de Y Dios creó a la mujer los encargaba por docenas. “Deberías ponerle un nombre a tu postre, deberías llamarle tarta Saint-Tropez”, le dijo la actriz principal de la película, una  jovencita llamada Brigitte Bardot. Se le llamó La Tropezienne. Hoy en día las que se llevan  la mejor fama son las de la pastelería Deux Frères . Aunque tampoco están mal las de Sénéquier, con su aroma de almendras y de flor de naranjo. Por lo que se refiere a las de Micka, las originales, hoy en día se fabrican industrialmente. Puedes comprarlas también en La Tarte Tropézienne .

SAINT-TROP

Así se la conoce popularmente (trop significa demasiado) por su alto porcentaje de millonarios: 300 por m2. Y entre los famosos: Armani, que ha recalado con su yate en varias ocasiones, Bono, Elle McPherson, Jack Nicholson, George Clooney… ¿Y cuáles son los puntos estratégicos? Le Senequier, en el puerto, y Le Club 55, en la playa Pampelonne.

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