Que ver en Marsella

marsella que ver y hacer

Marsella que ver y hacer

El siglo XIX, cuando los muelles de Marsella eran la puerta de entrada para las riquezas procedentes de las colonias en Asia y África, fue la época más reluciente del principal puerto francés sobre el Mediterráneo. Muchas de las muestras de prosperidad de aquellos días mantienen su esplendor y conviven con la ciudad de hoy, siempre marinera, siempre comercial y cada día más multiétnica.

Si la primera impresión es la que cuenta, pocos lugares en el Mediterráneo pueden competir con la sensación de triunfo que se recibe al llegar a la estación de tren de Saint Charles y se comienza a bajar por la escalera triunfal que comunica con el centro urbano. A medida que se desciende, la ciudad de Marsella surge en todo su esplendor, enmarcada dentro del más perfecto de los anfiteatros frente a un mar intensamente azul, salpicado de un puñado de islas.

En 1908 se había adjudicado el proyecto de la escalinata a los arquitectos Serres y Arnal, pero habría que esperar cerca de 20 años para verlo completado. Sus 104 peldaños fueron el broche a la edad dorada iniciada con la llegada de Napoleón III al poder en 1852. A pesar de sus muchos momentos de gloria, la ciudad más antigua de Francia –la fundaron los foceos venidos de Grecia hacia el 600 antes de Cristo–nunca había alcanzado tal prosperidad. Durante ese tiempo, como muestran las grandiosas esculturas que jalonan los escalones, su puerto fue la principal puerta de entrada al país de las mercancías llegadas de las colonias asiáticas y africanas.

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Vistas de la ciudad de Marsella

Quizás el mejor sitio para observar esa Marsella es el mirador de Notre Dame de la Garde. A 154 metros sobre el nivel del mar, la basílica tiene sus orígenes en 1214, pero su aspecto actual romano-bizantino se debe a Espérandieu, uno de los arquitectos franceses más populares de la segunda mitad del siglo XIX. Desde este símbolo de la metrópoli triunfante, la ciudad aparece como un extraño mosaico, salpicado de monumentos fantásticos. Uno de ellos es el palacio Longchamp –otra obra de Espérandieu–, que ahora cobija dos grandes museos: el de Bellas Artes y el de Historia Natural.

Más cerca de la costa aparecen el palacio del Faro, construido en un hermoso emplazamiento para seducir a la emperatriz Eugenia y el hospicio de la Vieille Charité, donde Pierre Puget realizó su obra maestra. En el interior de este descomunal edificio se han instalado dos museos muy ambiciosos, que de alguna forma rinden homenaje a los lazos con ultramar: el Arqueológico del Mediterráneo y el dedicado a las Artes Africanas, Oceánicas y Amerindias.

Marsella imperial

A pesar de su grandilocuencia, esta Marsella imperial se funde a la perfección con las casas populares del barrio de Le Panier, o las torres de la abadía de San Víctor, del siglo XIII, donde posiblemente se reuniesen los primeros cristianos de la zona. Esa sensación es todavía más clara cuando se vuelve al centro y se baja por La Canebière, la famosa avenida que comunica los viejos muelles con la parte alta y la estación. Esta arteria fue el escaparate de esa época deslumbrante que deseaba demostrar a los recién llegados la grandeur de Francia. Estaba llena de hoteles elegantes, oficinas de lujo y un sinfín de tiendas alrededor del palacio de la Bolsa, aun más deslumbrante.

Basilica de Marsella
Basilica de Marsella

La Segunda Guerra Mundial provocaría una decadencia que seguiría acentuándose durante la descolonización de África, pero a la que parece haberse puesto fin desde la llegada del siglo XXI. Si durante los últimos 50 años las clases más acomodadas habían preferido alejarse del centro, dejando el casco antiguo prácticamente abandonado o en manos de las últimas oleadas de emigrantes, ahora La Canebière vuelve a convertirse en la verdadera columna vertebral de la ciudad, recuperando gran parte de su esplendor. Dicen que su nombre proviene de los antiguos cordeleros que vivían en la zona antes de que Luis XIV decidiese su construcción. A él se deben también gran parte de las edificaciones defensivas que han llegado hasta nosotros, como la torre del Fanal. Situada a la entrada del puerto, verdadera alma de Marsella, reforzaba un fuerte anterior construido por los caballeros hospitalarios de San Juan de Jerusalén.

Un paseo por el puerto de Marsella

Desde siempre, a las dársenas marsellesas han llegado miles de emigrantes, que terminan integrándose en una población profundamente mestiza. A los griegos sucedieron los romanos, que pronto serían suplantados por catalanes, aragoneses, corsos y genoveses, para dar luego paso a argelinos y a un sinfín de africanos. Todos tardan poco en hacer suyo este rincón del mar Mediterráneo, donde casi siempre brilla el sol. Limpia el aire y anima las actividades marítimas. El barrio de Le Panier, con su centro neurálgico, el hospicio de la Vieille Charité, es el que mejor refleja el ambiente multiétnico y marinero retratado en docenas de novelas y películas, especialmente las del inolvidable Marcel Pagnol. A su alrededor, el ambiente es quizá diferente al que se respiraba cuando aquí se concentraba la comunidad corsa. Como ocurre en tantos puertos del mundo, este barrio se está convirtiendo en el nuevo centro de la actividad cultural urbana. Pero de alguna forma, la villa se resiste a someterse a cualquier norma.

puerto de marsella
Vistas del puerto de Marsella

Cada barrio de la Marsiglia –como a veces la siguen llamando– del siglo XXI sigue siendo una sorpresa. Tan pronto uno se cree en un mercado africano como en el lugar más elegante y sofisticado de París. Al final, siempre gana el mar, y el viajero termina embarcado rumbo a esa isla de If que Alejandro Dumas convertiría en el principal escenario de su novela El Conde de Montecristo. Desde lejos, aparece otra Marsella, más hermosa todavía, y no extraña que tantos hombres y mujeres a lo largo de la Historia se hayan sentido irremediablemente atraídos por ella.

En el corazón de Provenza, la segunda ciudad más poblada de Francia y capital mediterránea, vive un constante trasiego de turistas y hombres de negocios gracias a su puerto y el Tren de Alta Velocidad, que la comunica con París en tres horas.

Lo imprescindible en Marsella

  • Le Panier. Partiendo de la Oficina de Turismo, una línea roja pintada en el pavimento guía a los visitantes por la zona más antigua de la ciudad al norte del Viejo Puerto. Su recorrido pasa por el Museo de los Muelles Romanos, donde quedan restos de un almacén de aquellos tiempos; y el hospicio barroco de la Vieille Charité. Cuando creció el comercio con Oriente, el Viejo Puerto fue abandonado en beneficio de las nuevas instalaciones de La Joliette, habilitadas en 1850.
  • La Canebière. Es la arteria más animada, que parte del Viejo Puerto y pasa por el palacio de la Bolsa. Hoteles, tiendas y cafés del siglo XIX.
  • Palacio Longchamp. La imponente arquitectura de este edificio de 1862, rodeado de agradables jardines, alberga los museos de Bellas Artes e Historia Natural.
  • La Corniche. La avenida J. F. Kennedy, auténtico balcón sobre el Mediterráneo, da comienzo en la playa des Catalans y termina en la del Prado, la principal. En medio queda un agradable paseo siguiendo la línea de los acantilados. Bordeando el litoral surgen los palacetes construidos en el siglo XIX por ricos propietarios que amasaron su fortuna con los negocios o como armadores de barcos comerciales.
  • Parque Borély. Situado al final de La Corniche, es la mayor zona verde de la ciudad, con un lago, palmeras, jardín botánico e invernadero.
  • Castillo de If. Situado en el islote homónimo, de tres hectáreas de superficie, comprende murallas y torres mandadas construir por Francisco I en 1531. La fortaleza no conoció batalla alguna y se convirtió en prisión.
  • El Estaque. En el extremo norte de Marsella se abre al mar este pequeño puerto, hoy convertido en un singular barrio. Además de su alma abigarrada y popular, aún exhala el encanto de haber sido morada de muchos genios de la pintura del siglo XX. Cézanne, Braque, Derain y Renoir pasaron aquí largas temporadas y plasmaron en sus cuadros cubistas, fauvistas o impresionistas los paisajes de este caserío que mira hacia el golfo de Marsella.

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